El despacho de Rowan olía a madera y a tensión. Frank estaba de pie frente al escritorio, con los brazos cruzados y una expresión de calma que contrastaba con la tormenta en los ojos del CEO.
—Cierra la puerta —ordenó Rowan, con la voz fría como el hielo.
Frank obedeció sin decir una palabra. El sonido del pestillo al cerrarse resonó en el silencio como un disparo.
—¿Qué estabas haciendo en mi jardín con mi esposa? —preguntó Rowan, sin rodeos.
—Hablando, Rowan. —Frank sostuvo su mirada sin titu