Los días siguientes a la boda transcurrieron en una calma tensa. Rowan se iba a la torre al amanecer y regresaba al anochecer, justo a tiempo para cenar con los niños y conmigo. Pero algo en él había cambiado. Su mirada me seguía por los pasillos, sus ojos verdes se posaban en mí como si estuviera buscando algo que no terminaba de encontrar.
Y yo, a pesar de mis esfuerzos por mantener la distancia, no podía evitar notarlo.
Esa noche, después de acostar a los niños, me encontré con Rowan en el p