La mayoría de los invitados se dejan llevar por la magia que se genera con el sonido del waltz y el baile que se desenvuelve en el centro del salón. Envueltos en sus propios pensamientos, Siena y Franco se mueven como si el mundo se hubiera reducido al espacio exacto que existe entre sus cuerpos. Sus pasos fluyen con una naturalidad que anula el murmullo de los invitados, las pocas miradas curiosas y el roce de las demás parejas. Siena sonríe apenas, concentrada en el ritmo, mientras Franco se asegura de guiarla con total seguridad, atento a cada giro, a cada pausa marcada por el cuarteto, cuidando que nadie se cruce en su camino. El brillo de las lámparas parece seguirlos desde la distancia, como si incluso la luz quisiera acompañar su danza y servirles de testigo.
Manteniéndose en su posición al costado del salón, Kirsteen permanece en silencio mientras Angelo y Laura observan la escena con atención contenida. Por un momento, las manos de la rubia se entrelazan frente a su cuerpo y