La mayoría de los invitados se dejan llevar por la magia que se genera con el sonido del waltz y el baile que se desenvuelve en el centro del salón. Envueltos en sus propios pensamientos, Siena y Franco se mueven como si el mundo se hubiera reducido al espacio exacto que existe entre sus cuerpos. Sus pasos fluyen con una naturalidad que anula el murmullo de los invitados, las pocas miradas curiosas y el roce de las demás parejas. Siena sonríe apenas, concentrada en el ritmo, mientras Franco se