Desde la distancia, Johanna también observa con interés la escena que brindan Siena y Angelo. No necesita de mucho para que su mirada —entrenada para detectar aquello que puede transformarse en una grieta social o servir a su favor— capte la oportunidad silenciosa que aquello le ofrece. Cuando la mano de Angelo se posa de manera confiada sobre el antebrazo de Siena, casi puede saborear el placer de lo que ese simple gesto, que, aunque inocente en apariencia, resulta peligroso en un salón donde cada gesto puede ser interpretado, amplificado y deformado a conveniencia.
Cualquiera de los ocupantes del salón, saben ubicar a Angelo con gran facilidad, por eso mismo, la forma en la cual el alto inclina ligeramente la cabeza para escucharla mejor lo que Siena le dice, la serenidad con la cual la pelinegra responde a su cercanía, y la naturalidad con la que sonríen… todo ello despierta en Johanna una irritación que no se permite mostrar. En su cabeza no tiene cabida que una completa don nadie