Pasaron quince años desde que Alejandro y yo nos divorciamos. Había construido una vida aparente de estabilidad: mi carrera como directora general seguía floreciendo, mis hijos Lucas y Sofía habían alcanzado sus sueños —Lucas era abogado, Sofía, artista— y mantenía un vínculo cordial con ellos. Pero en el fondo, estaba sola. La relación con Carlos, que había parecido tan prometedora, se desvaneció después de tres años: él quería una familia más grande, y yo, aún marcada por el pasado, no estaba