Pasaron doce años desde que volví a casa con Alejandro y los niños. Habíamos trabajado duro para reconstruir nuestra familia: había ganado poco a poco la confianza de Lucas y Sofía, había seguido avanzando en mi carrera como directora general, y Alejandro había seguido como profesor de literatura, compartiendo su amor por las palabras con sus alumnos. Por fuera, éramos una familia normal, llena de risas, viajes y momentos compartidos. Pero por dentro, había un peso oculto, un resentimiento que