Dos años después de aquella noche en el jardín barcelonés, el proyecto patagónico se hizo realidad. Alejandro, Sofía, Ana y yo llegamos a El Calafate, donde el nuevo centro —llamado “El Último Amanecer”— se alzaba en una antigua estación ferroviaria rehabilitada. Sus paredes de piedra gris contrastaban con el azul intenso del lago Argentino y los glaciares que brillaban al sol, como joyas heladas. Sofía había diseñado cada espacio con esmero: huertos de tomillo patagónico y jazmín resistente, t