ELENA
El viaje en el jet privado fue una tortura de lujo. Alistair se pasó las dos horas de vuelo revisando contratos, ignorándome con una disciplina envidiable, mientras yo intentaba que los tres niños no convirtieran la cabina de primera clase en un patio de recreo.
Cuando llegamos a la "cabaña" —que resultó ser una estructura de cristal y madera oscura incrustada en la ladera de una montaña nevada—, el frío me golpeó el rostro, despertándome de mi letargo.
—Es enorme —susurró Mía, mirando