La Ciudadela estaba en silencio, un silencio pesado que solo se veía interrumpido por el eco de los martillos de los pocos guardias leales que reparaban las puertas. Afuera, el cielo del Dominio de Bastión se había tornado de un color cobrizo, señal de que las naves del Consejo estaban rodeando el perímetro, esperando el momento exacto para caer sobre nosotros como buitres.
Me encontraba en el balcón de la torre más alta, dejando que el viento frío golpeara mi rostro. Mis manos aún vibraban con