La mañana siguiente al enfrentamiento no trajo la paz, sino el frío silencio de una guerra que apenas comenzaba. Elena no había pegado el ojo, vigilando el sueño de Mía mientras esperaba que el sol disipara la pesadilla. Pero la realidad la golpeó con un nuevo golpe cuando bajó a la cocina.
La habitación de Sofía estaba abierta de par en par. La cama estaba hecha con una perfección quirúrgica, pero el armario estaba vacío de lo esencial. Sobre la mesa del comedor, donde tantas veces compartiero