Las palabras de Sofía quedaron vibrando en el aire como una sentencia. Elena soltó el teléfono, sintiendo que la habitación se volvía gélida. Miró a Adrián a través del cristal del estudio; él parecía la imagen de la victoria, pero ahora, para ella, cada uno de sus movimientos se sentía como el de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa.
«¿No fue casualidad?», se preguntó Elena, con las manos temblando. Si Adrián sabía quién era ella aquella noche en el lago, entonces su virginida