La mañana siguiente a la gala, el sol entró en el ático de los Domenech con una crueldad innecesaria. Valerius se encontraba sentado en su despacho, rodeado de botellas vacías y el eco de sus propias palabras: "Te amo". Se sentía como un necio que acababa de descubrir el valor del oro justo después de haberlo tirado al mar.
Su secretaria llamó varias veces a su teléfono personal, pero él no respondió. No le importaba la constructora, ni las acciones, ni la fusión con los Serrano. Todo el imperi