Un año después de inaugurar el “Taller del Brillo Oculto” en Galicia, el proyecto había crecido más allá de lo que Lila imaginara. Con la ayuda de Alejandro, habían abierto dos sucursales más en pueblos cercanos, y las piezas talladas por las niñas comenzaban a ser reconocidas en ferias de arte. Una mañana, mientras revisaba los planes de expansión, Alejandro le propuso algo que nunca había considerado: llevar el taller a Madrid, a un barrio donde muchos niños vivían en situación de vulnerabili