El sol de Mar de Lirios se elevó sobre el jardín de la casa que Brennan había legado a Catalina, bañando en luz dorada los lirios blancos y rojos que florecían en filas ordenadas —un puente tangible entre el pasado que había roto su alma y el futuro que había construido con esfuerzo. Había transcurrido dos años desde su matrimonio con Leo, y aunque la cojera en sus piernas persistía como un recordatorio silencioso de la tortura, y su voz artificial seguía siendo su herramienta para comunicarse,