KILLIAN
El silencio que dejó el ejército de la Ventisca Plateada era más ensordecedor que sus trompetas de guerra. Me puse en pie lentamente, limpiando el barro de mis rodillas, pero sentía que el lodo se había filtrado hasta mi alma.
—¡Killian! —Elara corrió hacia mí, intentando abrazarme—. Gracias a los dioses que se han ido. Esa mujer está loca, ¡amenazarnos de esa manera! Pero no importa, mi amor, nosotros tenemos nuestro propio legado...
La aparté con una brusquedad que la hizo jadear. Sus