El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la imponente oficina de Adrián. Elena se sentía como una prisionera caminando hacia el patíbulo. Llevaba un traje sastre gris oscuro, una armadura de tela con la que intentaba ocultar lo mucho que le temblaban las manos.
—Señor Valente, la arquitecta... perdón, su nueva asistente está aquí —anunció la secretaria por el intercomunicador.
—Que pase —la voz de Adrián sonó profunda y autoritaria.
Elena entró y cerró la puerta tras de sí. Adrián e