El sonido de los pasos de Sofía alejándose por el pasillo fue lo único que permitió a Elena volver a respirar. Sin embargo, el alivio fue efímero. Adrián seguía allí, invadiendo su espacio personal, con esa mirada que parecía leer cada uno de sus pecados.
—Sofía se ha ido —susurró Elena, tratando de empujarlo—. Sal de aquí primero. Si nos ven juntos, no habrá forma de explicarlo.
Adrián no se movió ni un milímetro. En cambio, apoyó ambas manos en la estantería, encerrándola por completo. Una so