Bianca despertó en su antigua cama. Julián estaba sentado a su lado, limpiando sus heridas con una delicadeza que le revolvía el estómago.
—No me toques —murmuró ella, intentando apartarlo.
—Necesitas curarte, Bianca. No seas testaruda.
—¿Curarme para qué? ¿Para que el mes que viene la aguja no me duela tanto cuando me saques medio litro para ella? —le escupió, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.
Julián se tensó, pero antes de que pudiera responder, la puerta se abrió suavemente. Una muje