El silencio en el ático de los Domenech era diferente esa noche. No era la tranquilidad doméstica a la que Valerius estaba acostumbrado, sino un silencio estéril, como el de una casa que ha sido abandonada antes de ser deshabitada.
Valerius entró pasada la medianoche. Traía los nudillos manchados de sangre seca y el abrigo empapado. Había dejado a Bianca en su hotel, después de consolarla durante horas y asegurarse de que el hombre al que había golpeado no presentaría cargos tras recibir una cu