Al día siguiente, me arrastré hasta el trabajo con los ojos hinchados por las lágrimas y la cabeza llena de recuerdos. No quería estar ahí, no quería ver a nadie, pero sabía que era lo que hacían los adultos: seguir adelante a pesar del dolor. Entré en la oficina, saludé a mis compañeros con una sonrisa fingida y me lancé a todos los proyectos que pude encontrar. Si me mantenía lo suficientemente ocupada, no tendría tiempo para pensar en Mateo, en el beso, en las mentiras, en todo lo que había