El eco de las sirenas se hacía más fuerte, las luces azules y rojas ya rebotaban contra los ventanales del piso superior. En el garaje, el aire se había vuelto irrespirable. Adrián sostenía el arma, no con la intención de disparar, sino como quien se aferra al último gramo de poder que le queda.
—Déjanos ir, Adrián —suplicó Elena, apretando a Mía contra su pecho—. Si la policía entra y te ve así, perderás todo por lo que trabajaste. Tu venganza habrá sido en vano.
Adrián soltó una carcajada sec