La mansión Vantress se alzaba sobre las colinas de Westchester como un mausoleo de mármol y cristal. A las tres de la mañana, bajo la luz de una luna pálida, el lugar no parecía un hogar, sino una fortaleza diseñada para mantener al mundo fuera y a los secretos dentro.
En cuanto las puertas dobles se cerraron tras ellos, la cortesía mecánica de Dante desapareció. Se quitó la chaqueta del esmoquin y la arrojó sobre un sillón de cuero con un gesto de fastidio. Mila, por su parte, caminó hacia el