El trayecto en el coche fue un silencio sepulcral, interrumpido solo por el leve zumbido del motor eléctrico cruzando las calles de Manhattan. Dante revisaba su teléfono con la frialdad de un verdugo, mientras Mila miraba por la ventana, tratando de recordar cómo respirar. El brazalete de oro en su muñeca, un regalo de "compromiso" que él mismo le había abrochado antes de salir, se sentía como un grillete ardiendo contra su piel.
—Recuerda el guion, Mila —dijo él, sin apartar la vista de la pan