Tres días después, Kael estaba en la cárcel — pero no para siempre. Lina entró en mi despacho con una cara seria.
“Malas noticias”, dijo.
“Dime.”
“Su abogado presentó un recurso. Lo sacan mañana. Dice que no hubo prueba de amenaza.”
“Mentira.”
“La pistola no tenía su huella. Alguien la limpió.”
“Traición”, murmuré. “Hay alguien dentro de la empresa que le ayuda.”
“Voy a investigar.”
“Cuidado. No quiero que te pongan en peligro.”
Su mirada se suavizó un poco. “Tú también te cuida, alfa tonto.”
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