Al día siguiente, mamá y yo fuimos a la Mansión Castellanos para hablar con la abuela Margarita — la matriarca de la familia, la única que siempre me trató con cariño, incluso cuando Leo me olvidaba durante meses.
La mansión estaba en el centro de un jardín gigante, con rosales de todos los colores y un camino de piedra que llevaba hasta la entrada. Cuando entramos, la abuela Margarita estaba sentada en el salón, cosiendo un pañuelo de encaje.
—Luna, mi amor! —dijo, levantándose para abrazarme.