Después de que se fueron Leo y Zara, Damian me miró y dijo:
—¿Quieres ver el jardín? Ahora mismo está precioso —la luz del sol le iluminaba el rostro y se veía diferente, menos frío.
—Claro —respondí, y le ayudé a empujar la silla de ruedas por el camino de piedra.
El jardín era aún más bonito de cerca: rosales rojos, amarillos y rosados, helechos que crecían entre las piedras, y un árbol de ciruelo que estaba a punto de florecer. Caminamos hasta el rincón más oscuro, donde había un muro de pie