Cuando abrí los ojos, la primera sensación fue humedad. No por agua, sino por el aire espeso, cargado de encierro y silencio. Un zumbido agudo perforaba mis oídos, como si todo a mi alrededor hubiera sido amortiguado, distorsionado.
Estaba en una habitación sin ventanas, apenas iluminada por una lámpara en el techo que titilaba con intermitencia. Las paredes eran de concreto. Sin muebles. Solo una silla y una cámara en una esquina.
Intenté moverme.
Estaba atada.
Muñecas y tobillos.
Con cuidado,