El cielo de Nueva York tenía un azul casi irreal aquel domingo. Las copas de los árboles en Central Park se mecían perezosas con el viento, dejando que los rayos del sol se filtraran entre las hojas y tiñeran de dorado el césped suave. Era uno de esos días que invitan a las familias a bajar el ritmo, olvidar el reloj y simplemente disfrutar del momento.
Celina acomodaba la manta a cuadros que había extendido sobre la hierba, organizando con cuidado las cosas del picnic. La cesta de mimbre, abie