Arthur se recostó en la silla, los ojos fijos en ella, y murmuró para sí mismo, casi sin aire:
—Debí haber hecho algo muy bien en esta vida… porque esto aquí… es el paraíso.
Ella empezó a bailar mientras desataba el vestido. Sus movimientos eran suaves, pero cargados de provocación. Los ojos de Arthur ardían.
—Esa lencería… joder, preciosa… —dijo, con la voz ronca y la mirada perdida en ella, completamente hipnotizado—. Dios mío, verte así, embarazada… es mi mayor fantasía, Zoe.
Zoe sonrió con