Esa noche, São Paulo respiraba un aire fresco y ligero que danzaba entre los árboles del elegante barrio donde se alzaba la imponente mansión de los Ferraz. El cielo, limpio y salpicado de estrellas tímidas, parecía bendecir el momento. Dentro del coche, Arthur conducía atento, aunque sus ojos, de vez en cuando, se desviaban hacia la mujer a su lado —Zoe—.
Ella mantenía las manos entrelazadas sobre el vientre, en un gesto instintivo de protección. Aunque aún pequeña, la curva ya se insinuaba ba