Arthur la besó despacio. Un beso lleno de calma, pero también de promesa. Sus manos recorrieron lentamente su espalda, sus curvas, sus caderas. Zoe sintió cómo un calor la invadía por completo.
Arthur entonces susurró al oído de ella, con la voz ronca e intensa:
—Hoy vas a sentir lo que es ser completamente adorada. Vas a perderte en mí… vas a suplicarme que no pare.
Zoe tembló de pies a cabeza.
—Arthur… —murmuró, casi sin aire, con el corazón desbocado.
De pronto, como si un torbellin