El cielo estaba encapotado aquella noche. Nubes grises se amontonaban como la presión en el pecho de Thor. Conducía como si cada segundo fuera precioso, como si cada latido lo empujara con más furia hacia aquello que necesitaba enfrentar.
—Maldito… hijo de puta… ¡esto se acaba hoy! —gruñó entre dientes, acelerando.
Mientras tanto, en el ático, Celina caminaba de un lado a otro como una leona enjaulada. El celular temblaba en sus manos, pero Thor no contestaba.
—Amor, por el amor de Dios… contes