Ambos se quedaron dormidos allí, en esa posición que parecía protegerlos del mundo.
Dos horas después, Celina despertó primero. La luz del atardecer ya entraba con delicadeza en la habitación. Su corazón latía despacio, acompasado con el de él. Miró el rostro de Thor, aún dormido, y permaneció así largos minutos, observando cada detalle: las cejas levemente fruncidas, como si incluso dormido cargara el peso de demasiadas preocupaciones; la quijada fuerte, la respiración profunda.
Cuando él se m