Al día siguiente, Celina retomó su rutina. Se levantó temprano, se arregló con agilidad y tomó el metro rumbo al café literario. Ahora que vivía en las afueras de Queens, el trayecto hasta el café era más largo y un poco cansado, pero ella estaba decidida. Su turno de la mañana transcurrió con normalidad: clientes habituales, conversaciones breves y muchos pedidos de capuchinos y croissants. Al terminar, volvió a casa, almorzó algo sencillo e intentó descansar un poco antes de escribir.
A pesar