Minutos después, alguien llamó suavemente a la puerta.
—¿Celina? —era la voz dulce y firme de Charlotte—. ¿Puedo entrar?
Celina destrabó la cerradura sin decir nada. Charlotte entró y vio la escena: la joven con el rostro enrojecido, los ojos hinchados, sentada con los brazos alrededor del vientre.
—Eh… —Charlotte se acercó y se agachó frente a ella—. No necesitas llorar así. No hiciste nada malo.
Celina intentó decir algo, pero las lágrimas seguían cayendo, tercas.
—Conozco a ese cliente, Celi