Capítulo 51. Escúchenme a mí.
Lo primero que notaron al entrar fue el ruido.
La mansión de Massimo siempre había sido un templo de silencio y eficiencia. El servicio era invisible; el café aparecía antes de que lo pidieras, las camas se hacían solas, el polvo no existía. Pero hoy, el caos había invadido el santuario.
Había televisores encendidos a todo volumen en la sala de estar y en la cocina. Los teléfonos fijos no paraban de sonar. Y lo peor de todo: el personal estaba reunido en el vestíbulo principal, un grupo de quin