Pero su boca sí que sabía a gloria. El placer exquisito e irresistible que le producía lo estaba dominando por completo. Y mientras él la devoraba, ella se dejó llevar, sin negarle absolutamente nada.
Era suya, a su entera disposición…
Esto no debería estar pasando, se repetía Camille una y otra vez. Pero no importaba. Amaba demasiado su sabor, la intensa dominación masculina con la que se entregaba el beso. Sabía a vino y a deseo ardiente. Se sentía mareada por uno y ardiendo por el otro.
¡Oh,