Camille Evans era una experta en controlar sus emociones. Era una habilidad indispensable cuando tu trabajo consistía en programar y reprogramar la interminable sucesión de citas del hombre que admirabas en secreto.Sebastian Lawrence era encantador, exitoso y, para colmo, ajeno al efecto que causaba en la gente, incluida ella. Durante seis meses, Camille había trabajado como su asistente, gestionando su agenda, atendiendo reuniones con clientes y, su tarea menos favorita, haciendo malabarismos con los nombres y números de las numerosas mujeres con las que salía.Estaba sentada en su escritorio, fuera de su oficina, mirando su correo electrónico, con los dedos suspendidos sobre el teclado, pero inmóviles. Sabía que tenía trabajo de verdad que hacer, pero en cambio, su mente estaba absorta en el mensaje que acababa de recibir de una mujer llamada Lily, la cita de Sebastian para esa noche.«¿Puedes decirle a Sebastian que tengo que cancelar? ¿Otra vez? ¡Lo siento! Se lo compensaré», dec
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