El pasillo había quedado en silencio. Afuera, el ruido de los pasos y las voces del personal del hospital se desvanecía con el caer de la tarde.
Dentro de la habitación, el ambiente era distinto: tibio, quieto, casi suspendido en el tiempo.
Luz seguía junto a la cama, revisando las flores que Crystal había dejado en el florero. Cristian la observaba desde la almohada, en silencio.
El brillo travieso de antes se había apagado. Sus ojos ahora tenían un peso distinto.
—Luz… —dijo con voz grave.
El