La cabaña estaba en silencio, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba por las ventanas. El abrazo que los había reunido seguía vivo, pero pronto se convirtió en un murmullo de respiraciones entrecortadas y lágrimas que ninguno intentaba ocultar. Anna alzó la mirada, buscando los ojos de Lissandro, y se encontró con un brillo distinto: no era el hombre que fingía ser, ni el gemelo usurpando un lugar. Era él, desnudo de máscaras, vulnerable.
—Anna… —susurró, acariciando la mejilla de An