La mesa del pequeño restaurante donde solían reunirse quedaba junto a una ventana que dejaba entrar la tarde en franjas cálidas. Hacía calor de fin de semana y la conversación del grupo flotaba ligera: anécdotas, risas y la calma que viene de compartir tiempo con quien ya conoce las mismas cicatrices. Lissandro, Anna, Lucía y Joaquín estaban cómodos, como si hubieran ganado una tregua breve al mundo.
—Oh, Lu, la próxima semana tendremos una gala de beneficencia para el orfanato —dijo Anna, incli