Las camionetas avanzaban por las amplias avenidas de Milán mientras el sol caía, tiñendo los edificios de tonos dorados.
Lucien giró desde el asiento delantero con una sonrisa.
—Supongo que querrás privacidad, hermano. Después del almuerzo te llevaré al departamento de mi tío; ahí pueden quedarse. Dejé todo acondicionado, lleno de víveres, para que no les falte nada.
—Gracias, Lucien —respondió Lissandro—. Pero antes de irme quiero hablar contigo un momento, si te parece.
—Por supuesto —dijo él