El avión privado aterrizó con suavidad sobre la pista brillante del aeropuerto de Milan.
El sol italiano se reflejaba en el fuselaje plateado, y el aire traía ese aroma a lujo y velocidad que solo emanaba de las ciudades que nunca dormían.
Las escaleras descendieron, y Lissandro San Marco fue el primero en aparecer. Impecable en su traje negro, con el cabello revuelto por el viento y ese porte que mezclaba poder y calma. Bajó con paso firme, cada movimiento medido, con la mirada alerta como sie