El día transcurrió más largo de lo habitual.
Agatha había pasado la tarde con las niñas, revisando sus cuadernos, escuchando sus risas, intentando distraerse del torbellino de emociones que aún la sacudía desde su encuentro con Xander.
Pero a medida que el sol se escondía, notó que Leandro no llegaba.
Miró el reloj, luego el celular, le envió un mensaje, luego otro, y otro más.
Nada. Ninguna respuesta.
—Debe estar ocupado trabajando… —se dijo a sí misma, tratando de convencerse.
Esperó unos minutos más, pero la ansiedad le ganó.
Decidió tomar un taxi y esperarlo en la mansión.
Durante el camino, el cielo se cubrió de nubes, y una ligera llovizna empañó las ventanas.
Todo parecía presagio de algo que no estaba bien.
Al llegar, lo primero que llamó su atención fue el auto de Leandro estacionado en la entrada.
Su corazón dio un salto.
—Entonces sí está aquí… —susurró con alivio.
Pagó al taxista y entró, dejando su bolso en la mesa del recibidor.
La empleada se asomó desde el pasillo.
—Bu