La señora de la casa

Lucy despertó con un nudo en la garganta; su lengua se sentía pastosa y un poco amarga.

Lo primero que sintió fue la luz golpeando sus ojos.

Una claridad suave, blanca, filtrándose por cortinas livianas que se movían apenas con la brisa. El segundo golpe fue el mareo. La cabeza le pesaba, el cuerpo le respondía con lentitud, como si no le perteneciera del todo.

Intentó incorporarse con las pocas fuerzas que le quedaban.

—Sebastián… —susurró.

Se sentó en la cama de golpe, ignorando el vértigo que le hizo cerrar los ojos un instante. Lo único que recordaba era ir en el auto abrazando a su bebé, un piquete en el cuello y luego nada, solo oscuridad. Cuando los volvió a abrir, el pánico la atravesó como un cuchillo.

La habitación era amplia. Demasiado perfecta. Paredes claras. Muebles elegantes. Una cama enorme, de sábanas blancas impecables.

Pero no estaba su hijo, no podía ver a su bebé por ningún lado.

—Sebastián… —repitió, ahora con la voz temblando.

Miró a su alrededor con desesperaci
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