El infierno en casa

Los autos entraron a la mansión San Marco como una jauría fuera de control.

Frenos chirriando.

Puertas abriéndose de golpe.

Órdenes gritadas al aire.

Lissandro fue el primero en bajar.

—¡Anna! —gritó apenas puso un pie en el suelo.

Corrió hacia la entrada principal con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera romperle las costillas.

—¡Anna! ¡Luz! ¡Lucy! ¡Aggy!

Nada.

Solo humo. Polvo. El olor metálico de la sangre mezclado con pólvora.

La puerta estaba destrozada.

—¡Revisen todo! —ordenó Lissandro, con la voz quebrada pero firme—. ¡Ahora!

Entró.

Cada paso era una puñalada.

El salón estaba hecho trizas, vidrios rotos, muebles volcados, marcas de explosión en las paredes.

—Anna… —susurró, avanzando—. Amor, contéstame…

No hubo respuesta.

Entonces Leandro la vio.

—¡AGATHAAAAAAAAA! —gritó.

Agatha yacía en el suelo del pasillo, en medio de un charco de sangre, el vestido empapado de rojo, la piel pálida como papel.

Leandro cayó de rodillas junto a ella, tomándole el rostro con manos
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