Los autos entraron a la mansión San Marco como una jauría fuera de control.
Frenos chirriando.
Puertas abriéndose de golpe.
Órdenes gritadas al aire.
Lissandro fue el primero en bajar.
—¡Anna! —gritó apenas puso un pie en el suelo.
Corrió hacia la entrada principal con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera romperle las costillas.
—¡Anna! ¡Luz! ¡Lucy! ¡Aggy!
Nada.
Solo humo. Polvo. El olor metálico de la sangre mezclado con pólvora.
La puerta estaba destrozada.
—¡Revisen todo! —ordenó