—Bueno, mi amor —dijo Robert con una sonrisa suave, casi indulgente—. Te dejo para que te vistas.
Lucy no respondió.
Seguía abrazando a Sebastián, con el cuerpo tenso, como si soltarlo un segundo pudiera darle chance a Robert para hacerle daño.
Robert se acercó un paso más, sin pudor, sin permiso.
—Aunque… —añadió con voz baja— no hay nada que no haya visto ya. Yo mismo te vestí. Recuerdo cada rincón de tu piel como si fuera ayer… la última vez que hicimos el amor. Sigue siendo tan suave y dulc