—Bueno, mi amor —dijo Robert con una sonrisa suave, casi indulgente—. Te dejo para que te vistas.
Lucy no respondió.
Seguía abrazando a Sebastián, con el cuerpo tenso, como si soltarlo un segundo pudiera darle chance a Robert para hacerle daño.
Robert se acercó un paso más, sin pudor, sin permiso.
—Aunque… —añadió con voz baja— no hay nada que no haya visto ya. Yo mismo te vestí. Recuerdo cada rincón de tu piel como si fuera ayer… la última vez que hicimos el amor. Sigue siendo tan suave y dulce como antes.
Lucy levantó la cabeza de golpe.
—Eres un maldito asqueroso —escupió, con los ojos llenos de odio.
Robert no se ofendió, al contrario, sonrió con calma, con esa serenidad que la hacía sentir atrapada.
—No, mi amor —corrigió—. Soy un hombre enamorado, y haré todo por tenerte en mis brazos otra vez.
Se giró hacia la puerta.
—Vístete y baja a almorzar. Mandé a preparar tu comida favorita.
Lucy sintió náuseas.
Robert volvió a acercarse y, antes de que pudiera reaccionar, depositó un be