La sala del directorio estaba en silencio absoluto. El aire olía a cuero, a madera antigua y a poder acumulado. Todos los miembros del consejo habían dejado de lado las conversaciones; sus miradas estaban fijas en la pantalla gigante que dominaba la pared.
El abogado presionó el control remoto, y de pronto el rostro de Valentino San Marco llenó la sala. Su voz ronca, grave, arrastraba el peso de los años y de la autoridad que incluso muerto aún imponía.
—Bueno… si están viendo esto es porque ya