Los roces entre Anna y Lissandro se volvían inevitables. Bastaba una palabra suya para irritarse, un roce accidental de manos para que ambos se quedaran helados. Él intentaba mostrarse frío, pero cada vez que ella estaba cerca, su corazón lo traicionaba.
Una tarde, Lissandro se encontraba en el invernadero de la mansión, cosechando albahaca fresca y tomates para preparar una salsa. El lugar estaba tibio y perfumado por las hierbas aromáticas, un refugio silencioso.
De pronto, a través del vidri