La gala del orfanato se desplegó como un abrazo cálido en una sala que olía a flores blancas y a madera barnizada. Anna había conseguido que cada pared hablara: fotografías de los niños con su nombre, su edad y cuánto tiempo llevaban en el orfanato colgaban en marcos sencillos pero solemnes; entre ellas, las pinturas al óleo que los niños habían hecho en las clases de Lissandro flotaban con color y verdad. Aquellas obras, vibrantes y a veces torpes, trajeron risas y sollozos: se subastarían esa